CASI DOS AÑOS

Lo bueno de tener un blog (que no te lo da el histérico Twitter, ni el metiche Facebook) es que uno lo siente propio, y va armándolo a su pinta y gusto. Si la gente que ocasionalmente, buscando fotos de Pampita, o relatos del Niño que Llora, cae por acá, tiene la opción de largarse o merodear un rato.

Si se queda, se volverá un fisgón periódico de este espacio, y será bienvenido, con galletitas o cerveza, según prefiera. Pero eventualmente, cuando los llame la mamá o tengan que ir a trabajar, me vuelvo a quedar solo, y paseo por los rincones revisando los muebles que armé un día, o los colores que escogí para tal o cual rincón.

Hace dos años que no entraba a mi propia casa, y el polvo se juntó sobre la mesa, las matitas se secaron y ni les cuento las cosas que encontré en el refrigerador. Pero tras ordenar lo básico me senté en mi viejo sofá y me puse a contemplar al que fuera mi refugio desde hace unos diez años, cuando venía acá para escapar del tedio laboral o una que otra pena.

Y bueh, creo que por lo mismo vine hoy a darme una vuelta. Sólo que esta vez no son las penas ni el tedio lo que me arrastró de vuelta al blog, sino un vacío que hace rato me estorbaba, y a falta de una definición menos pretenciosa, lo diré tal como lo siento: echaba de menos crear algo simplemente por el placer de hacerlo.

Verán. Cuando uno descubre su pasión, y hace de eso su profesión, pasa que finalmente te vuelves bueno haciendo lo tuyo, y te pagan por ello, pero (en mi caso) significa escribir para un tercero, y no sobre lo que realmente te gustaría escribir.

Pongámoslo así: supongamos que tu pasion es pintar, te encanta los colores, disfrutar el olor de la pintura y qué se yo. La comodidad poquito a poco te empuja ya no a pintar cuadros, sino a pintar casas con una brocha gordota. Entonces te ganas la vida pintando casas de otros, y armas tu vida en base a la plata que recibes por tu trabajo. Llegas a tu casa (verdadera, no al blog) cansado pero contento, y el único contratiempo es que no quieres ver un pincel, ni imaginar un paisaje, y así el atril y la paleta se quedan ahí, juntando polvo, como los posteos de mi blog.

Pero llegará una noche como ésta, en que pese al cansancio y el embotamiento de tus dedos, sepas que tu corazón aún tiene hambre de acuarelas y paisajes imaginados. y encuentres las fuerzas para pararte frente al lienzo en blanco e intentar algunos trazos.

Al principio, como todo aquello que se deja por un tiempo, te costará un poco, y dibujarás al azar sin saber muy bien dónde te diriges. Poco a poco, como me está pasando, irás encontrando tu sendero, y las figuras (palabras) aparecerán con fluidez.

Si usted (ahora es usted, pasó un rato y me puse respetuoso) mira en la barra del navegador, verá que dice “las escasas aventuras de Malaquías Valderrama”. Y lo cierto es que sí soy de pocas aventuras. Mi vida discurre sencilla y plancentera, y si esto fuera la Tierra Media, probablemente sería un hobbit, no sólo por estructura ósea y pilosidad, sino también por preferir una buena cena y la promesa de un hogar, antes que recorrer el mundo con la vida en un morral.

Por eso, o quizás por eso, prefiera vivir mis aventuras desde el sofá de mi blog. Conversar con los fisgones ocasionales que golpean a mi puerta y conocer las grandezas del mundo a través de sus ojos. Por supuesto que de repente agarro vuelo y me largo dos años en una aventura épica, pero siempre volveré un ratito a la soledad de este espacio, a releer las cosas que pensaba hace diez, ocho o cinco años y, sorprendentemente, reirme de chiste que ya había olvidado.

Es lindo leerse y caerse tan simpático.

Creo que por ahora es todo lo que tengo para compartir con ustedes, ocasionales fisgones. Probablemente mi cuadro no haya quedado tan chispeante ni colorido como otros, pero bueh: es bien sabido que hasta Van Gogh tuvo sus días malos.

Pero es rico estar de vuelta.

Nos vemos, amigos de siempre.

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agosto 23, 2013 at 2:07 am 4 comentarios

Infiltrado en la tribu de las Mujeres

Quizás para compensarme por una vida escolar en colegios de hombres, la vida ha querido que mi etapa laboral sea siempre abundante en colegas femeninas. En mi último trabajo, por ejemplo, ya es una tradición almorzar con un grupo de cinco o seis compañeras de trabajo, y la experiencia luego de tres años es simplemente alucinante.

¿Han visto esos documentales de gente que se meten a vivir con una manada de gorilas (o gacelas, para no herir sensibilidades), y termina conociendo sus hábitos y costumbres? Bueno, la convivencia diaria con el género que se depila, produce un efecto similar: poco a poco, me fueron aceptando como una más de ellas, cayeron los tapujos y develaron sus secretos.

Así, con el paso de los meses dejamos de conversar temas socialmente neutros como los jefes hijueputas, el clima o las noticias, y poco a poco me fui adentrando en un mundo inesperado, desconocido, y a veces, aterrador.

LOS PELOS

Los primeros temas propiamente femeninos que conocí fueron los rigores de la depilación íntima. Pocos hombres nos imaginamos untarnos miel o cera caliente en esas zonas donde nunca pega el sol, para que luego venga una señora y te arranque el vello a tirones. O pensaba que era una cremita, o una maquinita o algo delicadito y mágico, aunque la mayoría de las veces optaba por no pensar en eso y hacer como que las mujeres tienen siempre la cantidad (y el largo) preciso de pelos.

Pues no, resulta que casi todas las mujeres le declaran, a eso de los 14 años, una guerra a los pelos de piernas, axilas, cejas, mentón, baja espalda, nalgas, pechugas, chochín, etc… Y a medida que el poder adquisitivo crece, también la calidad de las armas que se emplean en esta guerra: ya los tratamientos no son con la Wilkinson en el baño de la casa, sino que acuden a centros especializados en tortura dermatológica.

Fue en estas conversaciones, donde por primera vez entendí que las mujeres tienen que EMPILUCHARSE y tirarse sobre una camilla en posición de “guagua que se muda” para que venga la señora y te depile. Por supuesto, hay veces en que no todo sale bien, o que para ahorrarse unos pesos, las mujeres recurren a lugares donde los resultados no son los esperados. Vienen ahí los ardores, los labios enrojecidos, la caminata graciosa, o los “cortes de pelo” ridículos.

Camaradas varones a los que escribo estas líneas: imagínense sólo por un momento el estar tirado piluchos sobre una camilla, con las piernas en alto, los kiwis expuestos y que venga un tipo y te tironee los pelitos. Les pido este ejercicio para que la próxima vez que la damisela de turno luzca una piel tersa y libre de pelos, se muestren verdaderamente agradecidos.

Continuará…

octubre 28, 2011 at 2:45 am Deja un comentario

LA GULA V/S LA LUJURIA

Super_BurguerEn raras – muy raras – ocasiones, la Sociedad de Consumo y yo alcanzamos puntos de acuerdo. Hace unos días ocurrió uno de esos mágicos consensos cuando ante mí, casi como por milagro entre los miles de productos del Jumbo, se apareció la Super Hamburguesa BIG Premium, con temibles 250 gramos de carne 100% vacuno (o eso dice el envase, al menos).

Tanto por precio como por la cantidad de comida que prometía el envoltorio, era necesario reservar el desafío para una ocasión especial, una instancia en que mi cuerpo aporreado por la falta de nutrientes necesitase una inyección letal de colesterol y proteínas directo a las arterias. Y hoy martes, segundo día consecutivo de pichangas violentas y reñidas, era el día ideal.

Por eso llegué a la casa a eso de las 21:00 horas, premunido de un enorme pan amasado y un cuarto de queso chanco. En el hornito eléctrico, deposité con primoroso cuidado la fracción de vaca, y para prolongar la víspera de mi banquete, lo puse al mínimo de temperatura por unos 30 minutos.

Y mientras esperaba, me puse a pensar en los grandes pataches de mi vida: una lejana hamburguesada en un cumpleaños ya perdido; el día en que de tanto comer completos, terminamos jugando a quién tiraba su completo más lejos; los estremecedores platos del sur chileno; las pizzas que han sabido acompañar tantas y tantas pelìculas, y un larguísimo etcétera.

Y así fue como llegué a una conclusión decisisiva en mi vida: De todos los pecados capitales, y tras un empate técnico que se mantuvo por años, finalmente la Gula se impuso a la Lujuria.

Quizás sea la edad, y que el cuerpo no responda con la prontitud de antaño cuando el amor llama, o quizás sea que, el dormitorio tiene un menú mucho más limitado que la cocina, pero la cosa es que un buen plato y la sensación de acabarlo es en mi caso más duradera que el otro acabamiento, por así decir.

Digamos que es una final estrecha, donde la Gula se impone por nariz. Un poco más abajo, en un honroso tercer lugar, está la Pereza, porque si bien reconozco con hidalguía que soy un procrastinador redomado, al fin y al cabo termino haciendo lo que debe hacerse. Por ejemplo, ante la cruel duda entre seguir durmiendo o despertarme del todo para atender urgencias (de Gula o Lujuria) generalmente opto por lo segundo, así que por eso: Pereza en tercer lugar.

Del resto -Ira, envidia, soberbia, avaricia- no tengo aún el ranking resuelto, pero quizás mis “a-mi-gos” dirían que la siguiente es la avaricia, pese a que más de una vez les he prodigado mis más cariñosas atenciones (aunque generalmente les cobro la respectiva cuota, porque tampoco es que sea Sor Teresa de Calcuta).

Lamentablemente, el sueño me alcanza y me rodea, y ya satisfecha la Gula, la Pereza me tienta con sus promesas de sueños lujuriosos. Así que por ahora me despido. No sin antes, queridos fisgones, preguntarles cuál es su pecado capital favorito y por qué. Jueguen. No sean perezosos.

mayo 4, 2011 at 2:26 am 7 comentarios

Sobre las vacaciones

Imaginemos a Ulk, pastor de caribús en la tundra siberiana, hace 200 mil años. El tipo coduce a sus animales entre los pastizales, mientra la brisa baja fresca de los glaciares a lo lejos. En su cueva, dormitan aún las mujeres de su harém, que pronto se levantarán a ahumar la pesca de ayer, y cocer las hierbas del desayuno. Ulk es feliz, sólo que no lo sabe.

Imaginemos ahora a Malaquías, funcionario público del siglo XXI, con una expectativa de vida el doble de larga que la de Ulk, no pastorea nada ni sabe de sacar pescados del agua (aunque trabaja en algo que mucho tiene que ver con el tema). Tiene techo sobre su cabeza, hartos juguetes modernos, buenos amigos y un hígado comprensivo. Malaquias no es feliz, sólo que no lo sabe.

Hoy he pensado mucho en Ulk, porque comparo su vida con la mía y algo no me cierra. Sí, no me voy a morir de disentería, ni comido por un tigre siberiano, y sí, tengo todas las facilidades de la vida moderna y blablablá, pero mientras mis vacaciones se me escurren como el agua en los glaciares de Ulk, tengo la certeza que el precio que hemos pagado por esta vida es demasiado alto.

No sé ustedes, pero trabajar 5 días a la semana y hasta los 65 años, sacrificando la vida familiar, personal, amorosa, etc, no es un buen negocio. Creo que todo lo importante de la vida, se tiene que acomodar al laburo, y eso está pesimo. Tomemos como ejemplo a Malaquías, que hoy después de almuerzo le hacía cariño en la cabeza a su viejita, y cuan pocas son las veces que tiene para hacerlo. ¿De qué sirve construir una carrera, si te aliena de todo lo que vale la pena ser vivido?

Parece un posteo bastante amargo, para alguien que esta de vacaciones, pero ironicamente, es el único momento que tengo para hacerlo.

Un abrazo fisgones, nos vemos pronto.

febrero 23, 2011 at 8:45 pm 7 comentarios

Ésta es mi casa, sí señor.

Lo bueno de tener un blog (y que no te lo da facebook, ni menos twitter) es que en el ejercicio mayor de escribir más largo, de escribir para otros y para sí mismo, uno va dejando tras de sí una estela de su esencia, de lo que piensa, siente o vive en el momento en  que posa sobre el teclado sus ideas. Por eso vine hoy, porque quería encontrarme de nuevo con ustedes, los fisgones de siempre, y también conmigo mismo, con el que solía escribir por gusto, por soltar la mano, para entretenerse un rato.

Quizá los que aún tenemos un blog, como los que aún usan messenger, seamos los nuevos saurios, los nuevos nostálgicos de una era que va en retirada, pero en tanto mantengamos en alto la consigna de nuestro arte, de esta contradicción permanente de la intimidad hecha pública, creo que tendremos pergaminos suficientes para levantar la cabeza y decir, “sí, soy bloguero”.

Y lo que me trae hoy acá, para variar, son dudas, miedos e incertidumbre, porque ¿dónde va uno cuando se siente triste o confundido? Pues al regazo del hogar, o a la compañía de los amigos que escuchan (leen) en silencio y luego ofrecen el hombro sabiendo que sólo eso hace falta. Y acá yo encuentro ambas cosas. Siempre les he dicho que acá serán siempre bienvenidos, y que ojalá se sientan en casa, pero este espacio, que por años he tejido a punta de escritos más o menos felices, es sobre todo mío.

Fue aquí, por ejemplo, que entablé amistades que aún perduran, que conocí gente que transmitía al mundo sus propias inquietudes y certezas, sus reflexiones y comentarios mordaces. Me felicito por haberme permitido vivir eso. Fue también aquí donde abrí una tribuna pública para comentar mis rollos, para buscar aliento o el necesario raspacachos, tan bienvenido de vez en cuando.

Y heme aquí, varios años más viejo, varios fracasos más en la mochila, enfrentando el futuro con la mirada cansada, pero estoica, con los puños gastados pero firmes y el corazón partido pero latiendo. Como ya aprendí de mis errores de antaño, no andaré ventilando aquí cosas de las que después pueda andarme arrepintiendo, pero sepan ustedes, queridos fisgones, que por estos días tomé una decisión tan difícil como importante: digamos que estaba en un lugar muy cómodo de mi vida, con una compañía que me apañaba durante el día, y me cobijaba por las noches. Con alguien que supo prodigarme sólo palabras buenas, sonrisas sinceras y momentos gratos.

No obstante, o quizás por eso mismo, haciendo de tripas corazón hube de dar el paso al lado, porque no teníamos aquello que nos venden las películas y los libros, no me bastaba con la promesa del momento grato y perenne, y me hacía mirar con anhelo un futuro difuso, incierto, y quizás inexistente. ¿Será que el amor no existe? ¿o será que por morfología, estoy condenado a boicotearme, sin reconocerlo cuando me azota en las narices con sus plumas rojas?

Hoy me siento – y perdonen la cursilería – un marinero de la vida, alguien que rechaza la comodidad del nido recién descubierto, y prefiere ir en busca de la orilla ignota, de la maravilla prometida y acaso falsa. Soy el que no resiste la tentación de arriesgarlo todo, aún cuando la mitad de su alma confundida le pide a gritos que de media vuelta y se aferre a la orilla que no obstante abandona.

Es bueno estar de nuevo en casa, para ordenar las ideas y encontrar fuerzas donde no las hay. Es bueno reencontrarme con ustedes, que tanto trecho han caminado conmigo, que me han visto tropezar y levantarme, para decirme “tranquilo Malaquías, todo saldrá bien”. Espero que tengan razón, aún cuando soy yo el que pone estas palabras en sus labios aún silenciosos e ignorantes.

Les mando un abrazo estrecho, desde la soledad de mi casita encumbrada en Valparaíso, mientras una luna roja entre los cerros anuncia la promesa de noches nuevas. Espero leerlos pronto, queridos fisgones, y como siempre, gracias por prestar los ojos amables a mis desvaríos de hombre ciego.

Un abrazo,

M.

enero 21, 2011 at 1:27 am 8 comentarios

Mis micropoderes

He descubierto, tristemente, que no soy un superhéroe. Y a no ser que me pique una araña radioactiva, me caiga a una piscina de desechos químicos, o quede expuesto a radiaciones galácticas, mucho me temo que nunca lo seré. Quizás, con algo de suerte, podría ser un héroe, pero no de los que salta de un barco a otro, sino de los que, a lo más, estorban en la huida de un cogotero y gritan “párenlo, párenlo”.

Y bueno, lo triste es que decubrí mi “falta de invulnerabilidad” de la peor manera. Ocurrió durante un partido hace unas dos semanas, cuando un endemoniado delantero (que yo imagino inundado de efedrina) me dio un patadón impresionante en mis dedos. Se requirieron unos 90 kilos de futbolista torpe y mala leche, y 34 años de fatiga de material, para provocarme la primera fractura de mi vida, así que tampoco es que sea lo OPUESTO a un superhéroe.

Pero bueno, la cosa es que resulta que mis huesos NO son irrompibles, y con eso descarté el último de los superpoderes que me interesaban: invisibilidad, super fuerza, volar y leer la mente. Pero a falta de súperpoderes, y gracias al tiempo libre que me significaron los 15 días de licencia por fractura de ortejo, descubrí que tengo varios micropoderes, es decir, poderes que pasan casi inadvertidos, y que son bien, bien inútiles.

El poder para calcular la hora: Cuando no tengo un reloj cerca (o en los tiempos que corren, mi celular) puedo estimar con cierta precisión qué hora es. El problema con este micropoder es que uno no sabe si está funcionando o no, hasta que puede confirmar la hora con un artefacto más preciso que mi intuición.

El poder para adivinar la película: Cuando hago zapping, soy bastante rápido para captar qué serie o película están dando. Esop.. no hay mucho más que decir, excepto que quizás esto me hace uno de los dedos más veloces del control remoto. Este poder tiene un primo hermano, que es el de poder memorizar frases de películas, e invocarlas en el momento preciso.

El despertador interno: Lo he usado pocas veces, pero en general, si tengo que levantarme a determinada hora, despierto exactamente a la hora prevista. Últimamente ha funcionado como el orto, no porque me quede dormido, sino porque despierto como 4 veces durante la noche, y amanezco pateándome las ojeras.

Los pelitos indoloros: Quien no se ha sacado los pelitos de la nariz, no conoce el dolor. Sin embargo, gracias a años de práctica, soy capaz de arrancarme esos vellos de raíz (y varios a la vez) sin quejarme ni lagrimear. Es un poder de utilidad muy acotado, ya que apenas sirve para lucir un poco menos ridículo y ahorrarse la tortura de las pinzas.

Como ven, no se trata de nada como para vestir una capa o llevar una doble vida, pero sí han hecho más llevadera mi aún breve existencia. Y ahora los dejo, porque otro micropoder, es saber cuándo está guateando uno.

Un abrazo,

M.

 

noviembre 14, 2010 at 8:00 pm 3 comentarios

LAS FRUTAS Y YO

A medida que la vida avanza, y el cuerpo no metaboliza como antes, uno tiene que empezar a reconciliarse con ciertas comidas que de niño disfrutaba y que durante la juventud rica en carbohidratos y parrillas, se hacen más escasas. Mi distanciamiento de las frutas y verduras crudas comenzó hace ya un día perdido en la memoria, pero el tantas veces reconocido sobrepeso y una cierta onda retro culinaria que me agarró por estos días, me tiene en un feliz reencuentro.

De hecho, comencé estas líneas tras saborear una manzana fuji de consistencia y sabor casi eróticos, que me quitó el mal sabor de boca que me dejó ayer una naranja con una clara vocación de limón. Frente a mi, reposa un membrillo aún sin machucar, que probablemente se transforme, literalmente, en el postre del mañana.

Así las cosas, con mi estilo de vida un poco (repito: poco) más naturista que antaño, he redescubierto un mundo de sabores que creí perdido entre los brumosos recuerdos de mi feliz niñez, y me di cuenta que aunque el disfrute de la fruta (ja, soy un loquillo) es el mismo, mis gustos particulares han cambiado: si antes mis frutas favoritas eran el plátano y la sandía, hoy cierto pudor sexual me inhibe de comer bananas en público con el ingenuo placer de mis tiernos años, y la sandía me da fiaca, porque si eres tú mismo el que tiene que acarrearla y servirla, pierde gran parte de la gracia.

Vamos viendo:

La naranja: No sé, la naranja tiene eso de que no hay forma de saber si está buena o mala de mirarla por fuera. Es como turbia, como que algo oculta bajo su gruesa piel de naranja. Pelar una naranja puede significar dos cosas, morder un pedacito para el corte inicial, con el consiguiente sabor agrio en la boca, o hundirle la uña con la consiguiente suciedad sub-uñística. Luego de pelarla, (que ya es un trabajo extra que por ejemplo, no te pide la manzana ni la pera) viene la prueba de fuego, en la que te puedes encontrar con una verdadera Fanta en estado sólido o un bodrio intragable que te llena la cara de morisquetas.

Preparación: botar los gajos, y meter la cáscara en una olla con canela, azúcar y harto vino. Servir en vaso.

El plátano: Como ya adelantaba, una serie de imágenes mentales que persisten en mi memoria hacen inevitable limpiar al plátano de su metáfora fálica. Ver a una señorita disfrutar de una banana, tiene para mí el mismo efecto lascivo que la escena esa de Megan Fox arriba de una moto. Por antítesis, para comerme un plátano tranquilo tengo que necesariamente estar solo, lo que no hace más que acentuar mis sentimientos reprimidos y abyectos. Todo mal.

Reconozco que el del problema soy yo y no el plátano. De hecho, es una fruta noble que sabe saciar el apetito mejor que ninguna otra, que viene en un envase inmejorable y que es además, amigable con otras frutas en la macedonia.

Recomendación: No guardarlo en bolsas plásticas.
Preparación: Meterlo en una juguera con azúcar y harta leche. Servir en vaso.

La manzana: Con la manzana pasa como con los perros. Hay variedades (razas) que me cargan, como el pekinés, y razas que me caen bien como el boxer o el pastor alemán. Así, la manzana fuji vendría a ser el Lassie de las manzanas, mientras que esa amarillenta y bien harinosa es un poddle toy. Las manzanas verdes también tienen lo suyo, aunque presentan el problema de que es difícil distinguir cuando están maduras y cuando están, curiosamente, verdes.

Recomendación: Si quiere quedar como un cool con la manzana, córtela horizontalmente, ábrala y descubrirá una estrella.
Preparación: Las Fuji se comen así solitas, las otras arrójelas bien lejos.

La Pera: La pera es la prima fea de la manzana: sólo con mucha suerte encontrará usted aquella pera de consistencia y sabor precisos, porque la mayoría de las veces esta fruta presenta manchas dudosas en su piel, y algunas partes medio blandengues y siempre, pero siempre termina uno chorreado. No se si les ha pasado que están comiendo pera y a medida que ésta se acaba la termina agarrando con dos dedos: el pulgar en la base (el poto, digámoslo) y el índice en la parte de arriba. Bueno, a mí muchas veces la puta pera se me ha partido saltando los pedazos para todos lados, y es un desastre. ¿A nadie más?

Recomendación: No apriete la pera cuando la tenga agarrada con dos dedos.
Preparación: píquela, luego pique plátano y manzanas y revuelva todo.

La Uva: En caso que no lo haya notado, la uva viene en racimos, lo que es ya una innovación que la distingue respecto del resto del universo frutícola. En este universo hay nobles caballeros de la Uva, llamados Sinpepas, y su versión oscura, el Sith de la Uva, la Conpepa. No me extenderé aquí entre uno y otro, porque me tinca que todo el vino de este mundo se hace de uvas Conpepas, así que hay que dejarlas en paz, pero en lo que se refiere a fruta como tal, la mayoría (o sea yo) preferimos las Sinpepas.

A no ser que lo diga el cartelito del puesto de la feria, es imposible saber si una uva tiene o no pepas desde afuera, y uno puede arriesgarse con una (que no es para tanto) o bien reventar un grano y cachar qué onda. Salvando ese obstáculo, queda aún otro más asqueroso: la puta uva que está medio rancia o podrida en medio del racimo y que justo no estaba mirando y me la comí y puaj, que es como amarga y ácida y que por qué putas no me fijé y qué se yo. Esas uvas con alma de pasa, son lo peor que te puede pasar en el reino de las frutas, y sólo por eso la uva cae varios peldaños en el ranking.

Recomendación: No coma mucha uva, engorda bastante.
Preparación: meta toneladas de uvas en una cuba, suba muchachas lindas y descalzas para pisarlas (a las uvas) Usté sabe el resto.

La nuez: La nuez es casi una infiltrada en este cuento, al punto que ningún niño en kinder hace “nueces” cuando le piden que dibuje una fruta. La nuez es la anti-fruta: seca, arrugada, invernal, calórica, es apenas una versión levemente mejorada del cuesco de durazno. No obstante, es rica y tiene forma de cerebro, que es bastante cool para los mismos niños de kinder. De chico, uno de los desafíos que supone la nuez es abrirla, y es de las primeras lecciones que nos da la vida: “a veces, habrá que luchar para conseguir lo que queremos”. Claro, ojalá todo se arreglara a martillazos poniéndola en la bisagra de la puerta, pero para ser primera lección, salva bastante, y la recompensa es grata.

Recomendación: No la martille muy fuerte, que la hará mierda.
Preparación: Ni idea cómo se hace el kuchen de nuez, pero qué cosa más rica.

El Tomate: ¿El tomate? Sí, el tomate es un fruto, y lo comento sólo para que vean que este espacio educa y entretiene, y que mi medio semestre en agronomía no fue en vano. Fin.

El Membrillo: Una profesora de religión contaba que Eva no comió una manzana, sino un miembrillo. Siempre me acuerdo de esa profe (de un apellido muy ad hoc al tema: Mora) cuando pienso en esta fruta de intenso amarillo y sabor extraño, porque el buen membrillo, ácido y seco, debe ser la única fruta que requiere acompañarse de un litro de agua para disfrutarla. Si de niños comer un membrillo sin machucar era una demostración de fuerza dental y primitiva hombría, hoy puede dejarnos en ridículo y con varios dientes menos. Además del tema del machuque, está el que el membrillo presenta a veces, pequeños orificios negros que el consumidor novato masca sin contemplaciones, para encontrarse luego con un gusano (o la mitad de éste) que coletea agónico entre la pulpa del fruto.

Recomendación: No coma membrillos con hoyitos negros. No se haga el lindo mascándolo sin machucarlo.
Preparación: El mejor membrillo viene en unos panes café oscuro, llamados “Dulce de Membrillo”. Servir con pan batido y un poco de margarina.

El Melón y la Sandía: He aquí un dilema que divide a la humanidad: Los promelones y los prosandías. Mi vasta sabiduría se vuelve insignificante al abordar esta duda existencial, porque argumentos de peso hay a favor de ambos titanes de la fruta. La sandía es “la ballena verde del verano” a la que le cantó Neruda, y el que no hay tomado vino enmelonado, no sabe lo que es vida ni vacaciones de verano.

La sandía tiene pepas incrustadas arteramente en su carne roja, el melón las tiene así facilitas de sacar. La sandía es fresca y el melón a veces es hostigosamente dulce. La sandía sale harinosa, el melón sale verde. Obviamente descartamos de este debate al melón calameño (que no crece en Calama, donde en realidad no crece nada), por desabrido y harinoso, sino que nos referimos al Melón Tuna, Balleno amarillo del verano.

No sé, alegres fisgones, las razones para uno y otro lado me abruman la mente, y prefiero dejar esta lucha eterna en un tenso empate, a la espera de que ustedes pronuncien el fallo final, por la fruta más rica, la mejor entre todas.

Un abrazo,

M.

julio 29, 2010 at 5:36 am 8 comentarios

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