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LA COZA ZEZUAL

Como pocas cosas en este blog (o en cualquier otro) hablar del motel con agujeritos despertó nuestras oscuras y torcidas preferencias sexuales y los apetitos morbosos de toda la comunidad salidacanchera. Incluso algunas valientes se declararon tentadas por el exhibicionismo encubierto o asomarse por uno de esos agujeritos para fisgonear a destajo.

Por eso, el buen Petronius y otros clientes frecuentes de Salida de Cancha, sugirieron que nos sentáramos a conversar a calzón quitado (nunca mejor dicho) sobre nuestros propios fetichismos, y haciendo mi propia introspección, descubrí que tengo mi propio lado cochinón. Pero como soy un caballero sin memoria, hablaremos de todas las aberraciones que conozco, sin detallar si el conocimiento es empírico o si “le pasó al amigo de un amigo”. Pero antes, la imagen alusiva de rigor.

Fisgonear, voyerismo: Una ventana mal cerrada y mi natural curiosidad fueron los ingredientes de mi primera experiencia voyerista. Bajaba de mi casa en Valparaíso como a las cuatro de la tarde, y en una de las casas un poco más abajo que la mía, me encontré (bueno, escuché) la performance de dos amantes vespertinos. Fue una cosa breve (mi fisgoneo, no la perfomance) y me provocó más risa, medio pudorosa, que una sana y viril excitación. También en Brasil con Dulcinea nos tocó ver a una pareja de gays haciendo de las suyas en una playa (bajo la lluvia) y ahí definitivamente (y afortunadamente) no hubo excitación alguna. Peeero, una vez, en una fiesta vi a dos bellas lesbianas atinando felices, y bueno, las miré con cara soñadora un rato. Destaco lo de bellas porque en mis fantasías, todas las lesbianas son bellas, por más que la realidad insista en demostrarme lo contrario.

Tríos: Seeh, absolutamente una fantasía, pero siempre una fantasía abstracta. Me explico, no es que yo me imagine con Dulcinea y Pampita haciendo acrobacias piluchas, sino más bien con féminas desconocidas del mundo porno. Por cierto, en mis fantasías yo soy siempre minoría, porque la verdad que compartir a mi noviecita con otro machote (estando yo o no presente) no me entusiasma pero nada, en especial porque soy tremendamente inseguro de mi infraestructura corporal, y no me gustaría caer en el plano de las comparaciones.

Sadomaso: Miren, al amigo de un amigo lo amarraron una vez al catre, y hasta donde sé, la cosa es bastante intensa. Pero ahí tiene que haber confianza, porque al menos yo no dejaría que una desconocida me amarrase para tenerme a su merced, para después además de agarrarme a latigazos, salga cascando con todo lo que tenga en la casa. Y la cosa al revés, es decir, yo amarrar o agarrar a chuletas a una fémina, no me va. Hay quienes disfrutan su buena rasguñada o mordida de nalgas, pero a mi me da tentación de risa, porque lamentablemente, tengo eso de que cuando algo me duele mucho, me da un ataque de risa. En cuanto a vestir cosas de cuero ajustado, o látex, definitivamente no me va por una cosa… sudorípara. La verdad es que yo nunca ahorro transpiración y verme embutido en unos calzoncillos de cuero sudando a chorros, no me entusiasma nada.

Exhibicionismo: Ser visto pilucho por otros/as no me importa mucho, pero justamente eso: NO ME IMPORTA MUCHO. Aunque ahora que lo pienso, depende harto de quién te vea. Porque por ejemplo, no me gustaría ser visto por el papá de Dulcinea, que goza de buena salud y un impecable gancho de izquierda. En general, para esto del exhibicionismo descarto a toda la parentela, y estoy casi seguro que mis amigos me descartan a mí, porque no imagino que Wallace, Panchito, Alienjandro, Nuevededos, Luchito, Vittorio, o cualquiera de mi círculo de hierro, disfrutaría verme en esos menesteres. Y ser visto por extraños, mmm, me preocupa que al cabo de un rato empezaran a tirarme tomates o pelotitas de papel al son de “buuu, devuelvan la plata…”

Lugares públicos: Uf, esto sí está IN. Baños de restaurantes, buses a Santiago, paseos peatonales, playas, cualquier lugar donde esté el riesgo de ser descubierto por las fuerzas de orden público es tentación suficiente para desatar el lado abyecto del amor. No sé, esto libera el lado lúdico, el niño pervertido que todos llevamos dentro, y el niño sale a pasarlo bien. El lado B de esto es que está siempre la posibilidad de ser fotografiado y o filmado desde un celular oculto en el follaje (jejeje “en el follaje” soy un loco…) y convertirse en una estrella porno de Europa del Este o el Medio Oriente, donde lo latino todavía está bien cotizado.

Sex on the Beach: además de ser un trago que nunca he probado, esto del sexo en la playa me merece sus dudas. No sé, lo de la arena en partes pudendas puede ser un problema bien irritante, y me tinca que la cosa no es tan romántica como la pintan las películas. ¿Han visto esas jaibitas o cangrejos chiquititos que andan en la playa a veces? ¿y las pulgas de mar? y qué pasa si una gaviota te confunde la poronga con un pejerrey fuera del agua? nooo, para mi hay muchos riesgos de quedar enredado en un cochayuyo, o ser revolcado por una ola, como para andar tentando las iras de Poseidón.

Untarse cosas: Digamos chocolate, crema batida, manjar, mostaza, ketchup, salsa golf, etc. No sé, no sé, no termina de convencerme la combinación de sabores, aunque en realidad el hombre (y la mujer) son animales de costumbre y al final capaz que le termine encontrando el brillo al asunto. Lo importante es no irse al chancho con el tema, y terminar haciendo una chorrillana en la guatita de tu novia. Ahora, para que el ser untado resultase en mi caso, primero tendrían que untarme cera depilatoria, porque imagino que por mucho amor que me tengan, nadie se banca la miel o la mermelada de moras llena de pelos.

Swinger: O las cambiaditas (ésta me la recordó Wallace). Nononono, ésta no me tinca pero nada. Y me acojo a lo dicho sobre los tríos, a mi Dulcinea no la toca nadie. Ademas, NADA te garantiza que te vaya a tocar una ninfómana escultural, y bien podrías terminar encamado con la venerable anciana que te abrió la puerta al llegar a esa fiesta “especial” a la que te invitaron con tu pareja. O peor, imagina que la cosa es a oscuras y te llevas a alguien a una pieza, sólo para encontrarte con una desagradable sorpresa entre tus manos.

Zoofilia, Fitofilia, Necrofilia, Pedofilia: La primera es sexo con bichitos del reino animal, la segunda consiste en matar las ganas con una plantita, un árbol o un gomero, la tercera es hacerle el empeño a una o un muertito, y la última tiene suficiente publicidad. También hay combinaciones, como los Necropedozoofilos, que gustan de hacerle el amor a cachorritos muertos, o los Necrorinofitófilos, que disfrutan de meterse ramas de apio por la nariz. Pero vamos por parte: a mi me gustan los animales, pero no sé, los veo como hermanitos menores, primos lejanos tal vez, pero nunca los he visto con otros ojos, ni ellos a mi, salvo mi perro que de vez en cuando intenta violarme la pierna. La Fitofilia me parece un chiste en sí misma, así que yo no haré ninguno. La Necrofilia es bien guácala, además que siempre me he preguntado por las dificultades de acceso al objeto de sus afectos. Por otra parte, los necrófilos gozan del nada despreciable privilegio de no ser rechazados nunca, excepto tal vez por el rigor mortis. En cuanto a la pedofilia, los que me conocen de seguro harán chistes sobre mi tejado de vidrio (Dulcinea llegó al mundo 10 años después que yo), pero hay una diferencia enorme entre disfrutar de la joven compañía y lisa y llanamente interesarse por gente que mide un metro. Aunque en palabras del inmortal Miguel Barriga de Sexual Democracia:

Reconozco que algunas lo piden a gritos
En vez de 13 diria que tienen 25
con esos pantalones de moda
tu idea me apasiona
Hey profanador, talvez tengas la razon
la edad no importa en el amor
SOY OTRO PROFANADOR

Cibersexo, sexo teléfónico: Además de visitar páginas porno, internet, sirve para vencer las distancias que a veces nos separa de nuestras medias naranjas cuando uno está cachondo. Para mejorar la calidad de ese momento especial, están las webcams y micrófonos, o por último el viejo y querido teléfono. Yo creo que al fin y al cabo eso resulta masoquismo puro, porque por mucha resolución de imagen que uno logre, no hay como la acción en vivo y en directo. Pero como dije, si no hay otra opción, puede ser una intersante alternativa de fin de semana. Sólo asegúrese de tener la puerta con llave, porque es muy difícil de explicar a su compañero de depto qué hace usted parado sobre la silla de su escritorio completamente desnudo. Sí, le pasó al amigo de un amigo.

Un abrazo fisgones, y aquí me quedo esperando sus opiniones, preferencias y alguna que otra desviación perversa que se me haya quedado en el tintero. (oooh tinteros… mmmm…)

M.

PD: Me quedó bastante largo, eh?. Sí, sí, saquen sus conclusiones y analogías.

abril 23, 2008 at 10:39 pm 14 comentarios

LA MUERTE ES MI COPILOTO

Había olvidado contarles algo impactante que me pasó:

Volvíamos con Dulcinea de un carrete en Valparaíso, camino a Quilpué, y medio dormidos por el ron de baja estofa que nos habíamos tomado, despertamos de súbito con un frenazo del colectivero. Sin decir nada se baja corriendo y miro hacia el lado y hay un auto volcado, con las ruedas hacia arriba. Mientras mis neuronas se iban reactivando de a poco, caché que otras 4 personas corrían desde otros vehículos hacia el accidente. Despierto a Dulcinea pa mostrarle lo del auto y le digo que me bajaré a ayudar.

Me bajo corriendo del colectivo, y llego junto a los hombres que empiezan a empujar el auto para volverlo al derecho (rueditas hacia abajo, se entiende). Entre los seis logramos voltearlo y recién ahí noto que adentro hay cinco personas atrapadas. La parte delantera está prácticamente desecha: el capó colapsado y el parabrisas desaparecido. La parte trasera, en cambio, parece intacta. Me voy al lado derecho del auto y abro la puerta trasera, la agarro a patadas para sacarla, sin mucho éxito, pero sí lo suficiente como para sacar al primer accidentado, inconciente. Por el otro lado, dos tipos logran abrir la puerta y sacar al muchacho que estaba sentado en la ventana de ese lado. Tras dejar al tipo tendido en la solera, vuelvo al auto para sacar al tercero, el que iba sentado al medio en la parte trasera. Lo tomo por las axilas y tiro un poco, pero no sale. Me meto al auto y veo que su pie izquierdo está atrapado de una forma bien ANTINATURAL bajo el asiento del chofer…. ahí es cuando miro al chofer…

 El tipo que conducía está aplastado por los fierros delanteros, con el volante encajado en el abdomen y con la cabeza hacia atrás. No tiene nariz, y la sangre lo cubre entero. Tiene los ojos abiertos, y su respiración se escucha agónica, como inundados de sangre los pulmones.

 Sin saber por qué, le tomé el pulso al chofer: estaba vivo, pero es imposible que yo lo saque. Me concentro en el tipo de atrás, y logro zafar su pie. Cuando lo saco, el primer tipo que había sacado ya había vuelto en sí, me toma y me pide entre sollozos que por favor ayude a su polola, que está sentada en el asiento del copiloto. El tipo está en shock y mientras me agarra, no me deja entrar al auto, lo trato de calmar y le pregunté el nombre.

– Orlando
– Y tu polola?
– Dafne
– Ya, trataré de sacarla.

Me meto de nuevo al auto y rompo el seguro del asiento delantero, para que el respaldo caiga hacia atrás. El peso de la niña la tira hacia mí y le tomo el pulso. También viva. LA RUIDOSA RESPIRACIÓN DEL CHOFER CESA. Lo miro brevemente pero sigo con la niña, debe tener unos 17 o 18 años. la tomo por los hombros e intento sacarla, pero algo tiene atrapadas sus piernas. Además, su cabeza cuelga sin resistencia, DEMASIADO SUELTA. Salgo del auto y le explico al pololo que Dafne está viva, pero que si intento moverla, tal vez la dañe más. El muchacho se agarra la cabeza y maldice al mundo, se sienta en la cuneta, desesperado e impotente. Me meto de nuevo sin saber para qué, y el chofer ya no se mueve. Forcejeo un poco más con la niña, y siento que si tiro fuerte puedo sacarla, pero prefiero evitar forzar las cosas. En eso siento las sirenas y llega bomberos.

Se bajan los profesionales, y en realidad, debo decir que saben lo que hacen: con sorprendente rapidez instalan grandes reflectores y sacan todo el equipo para cortar el auto. Los improvisados rescatistas nos damos cuenta que estorbamos y nos hacemos a un lado. Al ir al colectivo, Dulcinea está con el celular, intentando sin éxito llamar a Carabineros y la Ambulancia, me cuenta que ha estado todo el rato en eso, sin conseguir nada. Está temblando y llora. Al rato vuelve el chofer y seguimos nuestro camino.

Tras dejar a mi polola con su padre, tomo un colectivo de vuelta a Valpo. Al pasar junto al accidente, veo que el chofer ya está cubierto con una lona azul, y justo suben a la niña a una ambulancia. Llego a mi casa con la cabeza en otra parte, y a la mañana siguiente mi mamá me pregunta por qué mi chaqueta está llena de sangre. Tengo algunos cortes en la mano, y le cuento todo. Llamé al hospital de Quilpué para saber de la suerte de la niña: está viva pero grave. Luego me enteraría que sobrevivió, pero desconozco las secuelas.

Me enteré por la prensa que el Daewoo gris en el que iban, estaba haciendo carreras clandestinas, en algún momento perdieron el control y se fueron contra un poste. Les pondría el link, pero la verdad es que el único que encontré es de La Cuarta, y no me gusta que se humorice con algo tan triste. Por eso tampoco pongo fotos. Todos los diarios consignan que el chofer murió instantáneamente, pero yo sé que no es cierto.

Esto pasó hace unas dos semanas, me acordé del tema porque hoy hablábamos con el buen Feña, sobre el tema de la donación de órganos, y me contaba que cuando fue a renovar su licencia, preguntó si podía ser donante, Y EL DOCTOR LE SUGIRIÓ QUE NO, atendiendo a la extendida leyenda urbana que a los donantes accidentados, no le ponen tanto empeño al momento de los primeros auxilios. También me contó que había oído que en ocasiones, los familiares de gente que necesita trasplantes sobornan a los paramédicos para que “dejen morir” a los agonizantes. Ni él ni yo sabemos si esto último sea o no cierto, pero el tipo es PSI-CÓ-LO-GO y yo no estoy para poner en duda la palabra de un profesional de la mente y sus vericuetos. Por lo demás, concluimos que uno, en situaciónes límite, toma medidas desesperadas.

No sé por dónde agarren el debate, pero necesitaba vomitar esto, la primera noche soñé con la cara del occiso, y aunque todavía me sorprende que haya actuado con calma frente a tanto caos, espero no tener que enfrentar una situación nunca más.

Nos vemos,

Malaquías.

noviembre 6, 2007 at 12:39 am 18 comentarios

CHEWBACCA, MI JEFE

Uf, qué furor que provocó lo de las tortuguitas ! Gente ! paren de postear  ! Bueh, el tema no era todo lo divertido que quisiera, y digamos que entre la foto de la tortuga y la de Pampita… ok, entiendo. Sigamos entonces con otra cosa….

En un acto de humor kamikaze, que demuestra mi infinito amor por ustedes, escribiré sobre Chewbacca, mi jefe, a pocos metros de su oficina y en el computador de su empresa. El buen Chubi (no, corrección: el pésimo, estúpido, pelmazo, malholiente y flojísimo Chubi) llegó a la oficina a principios de año, por ser un “hombre de confianza” de los Big Bosses gringos. Chubi es alto, ojos saltones, pelo largo y castaño y una barba que sería la envidia de ZZ Top o de algún patriarca hebreo. De ahí pues, Chewbacca (En un principio, yo propuse Hank Scorpio, pero fui derrotado por Tapia, o Recabarren, no recuerdo bien). Aquí lo vemos, para cuando le pedí un aumento.

La cosa es que Chubi, además de peludo, tiene otras características. Por ejemplo, no gusta de los desodorantes, ni de las duchas, y en verano la estela de sus convicciones se deja sentir con fuerza en la oficina. También tiene mal aliento, fétido, y al parecer nadie se lo ha dicho porque disfruta hablando bien de cerca. Sí, le tengo mala, pero no es por su naturaleza desconsideradamente hedionda, ni su abundancia de pelo. Es porque es pelotas, y se cree listo.

Entre las chubicosas más memorables, recuerdo aquella en que me preguntó si los jureles tenían reina, así como las abejas, y remató diciendo “sería lindo ver una reina de jureles”. En otra propuso que como campaña, debiésemos erradicar el uso de papel confort, e imitar a los hindúes que usan agüita y su mano izquierda (yo repliqué que, siendo zurdo, el tema me complicaba un poco). Y la última que recuerdo, es que, para terminar con el problema de los residuos industriales en el sur, sugirió que esos desechos fueran vendidos para la fabricación de… bombas…

Comprenderán que con ese tipo de acotaciones, mucho mucho no despierta la admiración de nadie, y es objeto de crueles burlas bajo sus barbas. La más típica es imitar el grito de Chewbacca, delante de él, que sonríe sin entender nada… Pucha, me falta talento literario para que se imaginen la escena. Él explicándome cualquier cosa, y por atrás pasa un compañero y grita “grruuuuuuuuuuuuuuuur” como el legendario amigo de Han Solo. De hecho, entre nosotros competimos por quién logra la mejor imitación, pero no hay caso, estamos muy lejos de ellos.

Chubi llega como a las 11 y se va a las cuatro o cinco, y así y todo le molesta que la oficina “no produzca”. No tiene idea de nada, nunca antes trabajó en este rubro, ni en ninguna otra cosa que sepamos. Debimos sospechar desde el principio, cuando al preguntarle qué profesión tenía, nos dijo “yo no quiero que nos preocupemos por quién estudió qué… tengo algunos estudios de esto y lo otro, pero no es lo importante ahora”.

Con este esperpento, engroso la lista de jefes pasteles con los que me ha tocado lidiar: tuve un parlamentario corrupto, que se quedaba sistemáticamente con los bonos de nosotros, sus empleados; tuve un turco que para el 18 nos dio como aguinaldo una empanada; y un director de TV que escupía (mucho, mucho) al hablar.

A la luz de mi historial, no me puedo quejar tanto tampoco. Chubi será muchas cosas, pero al menos respecta mi legítimo derecho a sacar la vuelta. Pero de todas maneras tengo la duda… ¿soy sólo yo, o todos los jefes son unos bolitrancas?

Saludos,

M.

octubre 10, 2007 at 6:47 pm 19 comentarios

COLOMBO

Mi madre cuenta sin asomo de humildad que su hijo menor, o sea yo, aprendió a leer solito. Por mi parte, yo conservo un recuerdo mucho más íntimo del momento en que leí (o casi deduje) mi primera palabra escrita: COLOMBO

Yo iba sentado en la parte de atrás del Volkswagen escarabajo amarillo pálido de mi padre. A los cuatro años, mi nariz apenas se empinaba por sobre el borde inferior de la ventana, así que visto desde un auto en movimiento, el mundo era para mí un montón de cableado urbano, y edificios sin primer piso. Mi mamá, profesora diferencial, me había enseñado por esas fechas las vocales, y la más fácil de recordar era por supuesto la O, redonda como una pelota. También me había aprendido la C de “casa” y la M de Mucopolisacaridosis, o de “mamá”, no recuerdo bien.

La cosa es que llegando a casa, sentado como dije en el auto, miré arriba y a la izquierda y vi un enorme letrero de letras rojas sobre fondo blanco. C-O – ¿? – O – M – ¿? –  O.  Pronuncié las letras que me sabía, improvisando con ruidos guturales los signos desconocidos para mi (debo agregar que el letero era vertical, lo que le agregaba cierta dificultad a la proeza). Recuerdo a mi mamá mirándome de reojo desde el asiento del copiloto y a mi papá en silencio escuchando mis esfuerzos. Recuerdo mi mente tratando de asociar las palabras conocidas con esa masa informe de letras. Recuerdo incluso cuando vino a mi mente el nombre de la carnicería del lado de mi casa, donde mi mamá compraba chuletas y mi papá prietas y longanizas.

“Colombo” dije. ¿Donde dice eso? Pregunta mi mamá. y yo, allá arriba. Alegría generalizada y redoble de esfuerzos para enseñarme las letras faltantes. Después de esa tarde, probablemente de domingo, vinieron improvisadas clases a la hora de once, y luego en kinder yo leía las instrucciones del libro de tareas, para hacerlas antes y poder salir primero al recreo (el que terminaba primero, escogía el mejor juguete), vino el silabario Lea, y la saga de Papelucho. Vineron después los infumables “Corazón” y “El niño que enloqueció de Amor”, y un montón de libros fomes que nos hicieron leer hasta octavo básico.

Ya en la media, diversifiqué mis gustos y conocí a gigantes como García Marquez y Cortázar, y jóvenes promesas (para ese entonces) como Fuguet. En la U, aluciné con “El Perfume” y me leí en los recreos la Trilogía del Señor de los Anillos, con sus respectivas precuelas. También tuve mis placeres culpables, como Coelho. Por otro lado, nunca he sido de lecturas muy sesudas, así que no cacho mucho de Joyce, Camus, o Paul Aster. Así que me considero un lector bien promedio, muy lejos del señor Bisama, por ejemplo.

 

¿Por qué les cuento todo esto? Bueh, porque hoy es el Día del Libro, y la verdad es que ni yo mismo había reparado en cuantas veces me regocijé entre las páginas de un texto. Sí, me gusta leer, y gracias a eso, definí mi profesión y aprendí también a escribir con cierta fluidez. Como este es mi blog, y como pequeño regalo-homenaje,  me permito recomendarles un par de libritos de los que conservo el mejor de los recuerdos:

Mi planta de Naranja Lima, de Jose Mauro de Vasconcelos: Puta, cómo van a llorar…

El Perfume, de Patrick Suskind: Si alcanzan, léanlo antes de ver la película, que ya se viene.

El Silmarillión, de Tolkien: Pa mi gusto el mejor de todos, pero no acepto polémicas, miren que tan, tan nerd no soy.

Cien Años de Soledad, del Gabo: Si, si, una sandía calada, pero bueh, quizás haya gente que no lo haya leído.

Papelucho en Vacaciones, de Marcela Paz: Bueh, también hay que alimentar al niño interno.

Yap, eso sería por el momento. Por supuesto, se esperan sugerencias literarias para el largo invierno que se avecina. Un abrazo a todos,

 M.

PD: Aprovecho de contarles que apadriné dos palabras, estoicismo y albacea, para salvarlas de la extinción. Se supone que tengo que usarlas al menos 3 veces en algún texto en los meses que vienen. Será un placer.

Ahora sí: nos vemos.

abril 23, 2007 at 8:09 pm 29 comentarios

MI SANDWICH

No he tenido un hijo, ni plantado un árbol, y aunque tengo un par de ideas que prometen, tampoco he escrito el libro. En suma, para la trillada trilogía (trigo tragaban en un trigal), estoy al debe.

PERO… INVENTÉ MI PROPIO SANDWICH. Que por lo demás, está rebueno. La iluminación me vino tomando oncecita (o algo así) en el Charly’s, un bar-restaurante del centro quilpueíno, absolutamente recomendable para tomarse unos copetes, llorar a destajo e inventar emparedados.

Incapaz de decidir por mi mismo con qué saciar mi estómago, le pedí a la garzona alguna sugerencia, y me recomendó el Diputado (carne y un huevo frito encima), que en Santiago se llama Chemilico (a veces con cebolla frita). La idea me tincó como alternativa a mi ya habitual Barros Luco (carne con queso) y así, en un instante de inspiración, le dije a la agradable señora: “ok, tráigame el diputado, pero póngale queso derretido“.

La mesera hizo un gesto como “bueh, usté es el que paga” o bien “…total, las arterias son suyas”, o algo por el estilo, pero se fue sin hacer mayores comentarios. Al rato, volvió con una verdadera obra de arte: era un pan grande y redondo, en cuya tapa superior se había recortado un circulito , por donde asomaba la yema del huevo frito. Más abajo descansaba el queso y por último el jugoso churrasco.

Verlo, comenzar a salivar y enamorarme para siempre, fue cosa de un segundo. Tan bien lucía que incluso no le quise poner mostaza, ni ají ni menos el indeseable ketchup, que me carga. Lo tomé con manos temblorosas y le mandé el primer mordisco, y luego otro, y otro cada vez más rápido, en algo que más que una merienda, fue un memorable coito culinario.

Ayer lo pedí de nuevo, esta vez en Viña, y aunque la presentación no era tan espectacular, y la yema estaba sólida, de todos modos estaba delicioso, así que el sandwich funciona, por decirlo así. El problema ahora es otro. HAY QUE BAUTIZARLO.

Mi madre propuso ponerle “patá al hígado” y yo complementé con los sugerentes “trancavenas” y “tapón de arteria”, pero los descarté al rato por ser poco elegantes y comercialmente desmotivantes. Luego vino la saga Barros Valde, Valde Luco, o cualquier combinación que invocara el apellido fundador y mi revolucionaria mejora, pero eran complicados. Hoy una amiga me sugirió Valderrama a lo Pobre o bien, Chorrillano, pero no me convencen… Cuando ayer lo pedí en Viña, opté por llamarlo “Senador”, ya que es como un Diputado pero con más cosas, pero sigo sin decidirme. 

Lo otro es retornar a lo básico y ponerle sencillamente “Valderrama”.

El nombre (apellido) es pegajoso y fácil de recordar. Pero hay otros inconvenientes, porque no me gustaría, por ejemplo, escuchar a un corpulento maestro de la construcción con bigotes y panza prominente dicendo “me comí un Valderrama y está más rico que la cresta”.

O peor, cosas como: “puta que me cayó mal el Valderrama”, “qué cagadera que me provocó Valderrama” o “me dieron ganas de buitrear con Valderrama”, o el doctor que dice “tiene absolutamente prohibidos los Valderrama”, o “Valderrama es dañino para la salud”, y cosas así.

Por lo tanto, junto con compartir mi invento con ustedes, alegres fisgones, les pido que sugieran algún nombre para este recién nacido rico en proteinas y calorías, y que de seguro se convertirá en la pesadilla de los nutricionistas y el sueño dorado de miles de glotones como el suscrito.

Un abrazo de lejos, ustedes saben, por la guata.

 Saludos, M.

enero 29, 2007 at 6:53 pm 35 comentarios

LA CIUDAD DE LA FURIA

Trotaba ya casi al borde del desmayo por el Parque Forestal, el viernes a eso de las nueve de la noche, cuando de un repente, de la micro amarilla esa que estaba en el paradero, vuela un tipo, digamos un cabro de unos 19 años, y azota su  cabeza directamente sobre el pavimento.

Detrás del candidato a occiso, se baja un tipo mayor, diría de unos 45, 50 años, y lo putea despacito pero constante, al muchacho que ya comenzaba a sangrar por el costado del cráneo. Yo miraba atónito la escena, y apenas reaccioné cuando el viejo le pateó la cara (sí, tomó impulso y le dio un puntapié cual pelota). Cuando yo y otros testigos nos acercamos, el agresor se fue caminando rapidito, pero sin correr.

Otro cabro que estaba en el paradero explicó: el gallo que ahora yacía tendido en el suelo, con cara de ketchup, venía dando jugo en la micro (dar jugo: chilenismo que denota molestar al resto o hacer el ridículo), y al parecer insultó o agredió al tipo que después se cobró venganza con la punta de su zapato. El cabro estaba a todas luces curado como sapo.

No sé si por el exceso de alcohol en el estómago, o bien por el conchazo que se había pegado, o por las patadas maleteras, o porque cuando lo di vuelta, se me resbaló y se pegó en la nuca, pero el cabro comenzó con unas convulsiones extrañas, que me anunciaron la familiar vomitada etílica. Con otro samaritano, lo pusimos de costado en la cuneta, para que no se ahogara con sus propios fluidos. Ya habían pasado como 10 minutos, cuando atinamos a llamar a los del Orden y la Patria.

Mientras esperábamos, comenzó a sonar el celular de Esteban, que así se llamaba el aporreado, y era la polola. (nota: en la pantalla del celular salía el propio Esteban rapeando). Luego llamó un amigo y finalmente la mamá, que llegó casi junto con los paquidermos. La pobre señora estaba casi en shock y zamarreaba a su hijo semi inconsciente. Al final llegó la ambulancia y se lo llevaron a la posta central. Había pasado casi una hora desde que encontramos al tipo tirado en la calle.

En resumen: un tipo curado cae de una micro, después lo repasan a patadas en la cabeza, y queda tirado una hora sin que nadie (o la mayoría) haga nada. La gente pasaba por el lado y tomaba la micro, como si todo aquello fuera una hueá cotidiana. A veces me asombra la capacidad que tenemos pa desentendernos del resto, y eso en Santiago llega a niveles alarmantes.

Recuerdo que hace un par de años se hizo un experimento en las principales ciudades del mundo. Un tipo simulaba estar muerto en la vía pública, y se tomaba el tiempo en que algún transeúnte reaccionara. Me gustaría hacer lo mismo en Chilito, a ver si esto de ser los más tristes y estresados de América es algo que nos tenemos plenamente merecidos… por vacas.

Ah, Feliz Año. Je.

 M.

enero 9, 2007 at 2:15 pm 14 comentarios

EL BOMBERO EN PIYAMA

Después de muchas horas sin dormir, di con mi cansada humanidad en la cama a eso de las 4 de la madrugada (luego de una saludable ducha de agua tibia, de esas que se dan las minas en las películas de terror B, justo antes de matarlas). Mi plan era dormir unas 15 horas, pero como a eso de las 10, me despertó un dedo pegado en el timbre del penhouse.

Me levanté balbuceando puteadas al inoportuno dueño del dedo, y al abrir la puerta, veo en lugar de una persona una nube de humo y una mancha roja y fugaz , que corría por los pasillos gritando FUEGO FUEGO, igualito que en las películas. Era mi vecina, al borde del shock.

Como en su huída dejó la puerta abierta, me metí al depto a cachar qué onda. Entiéndanme: llevaba unos 30 segundos despierto y estaba a patita pelá, parado en piyama en medio de una cocina llena de humo y fuego. Me acerqué a la cocina, y por atrás se asomaban una llamas bien feas, que amenazaban con pescar la campana de aire. Mientras espabilaba mis neuronas, llené una sartén con agua y la tiré por detrás de la cocina. Nada, las llamas seguían. “Fuga de gas” pensé.

Por un instante, me pasó por la cabeza la idea de mover la cocina hacia adelante para ver mejor, con el serio riesgo de quebrar la cañería encendida y convertirme en decorado mural. Afortunadamente, mis primeras neuronas reaccionaron y me dijeron “corta la llave de paso”. Y eso hice. Las  llamas bajaron. Con el primer acierto, agarré confianza y moví el mueble. Y claro, lo que se quemaba no era la cañería, sino una bandeja de plástico que se había derretido y chorreado por debajo de la cocina, por eso mi sartenazo de agua no la había alcanzado. Volví a la carga esta vez con un jarrito de agua, y lo tire en el fuego oculto, y ahora sí un gran PSSSSSSSSS  y se apagó el fuego.

Ahora lamento no haber aprovechado el momento y pelarme un par de naranjas que estaban encima del refrigerador, pero con el humo y la confusión sólo atiné a salir y calmar a los vecinos que se asomaban en sus dinteles. Uno que llegó con un extintor de auto para hacerse el héroe me miró medio picado, pese a que le expliqué que en realidad la vecina había exagerado y que bastaba con cortar el gas para arreglar todo. Ya la vecina estaba en llanto desatado sentada en la escalera, así que le dije que no se preocupara, que “el fuego estaba contolado” (por qué cuando uno es protagonista de noticias, hablará como si estuviera haciendo un despacho en vivo?) Luego le di dos palmaditas en la espalda, porque soy buen bombero en piyama, pero pésimo manejando histeria femenina, de hecho tenía ganas de charchetearla, así que las palmaditas igual fueron medias fuertes.

Arreglado el tema, me volví a mi camita, no sin antes lavarme las manos y la cara, porque yo que pensaba que eso de los bomberos tiznados es un cliché, resultó ser bastante cierto. Fue una mañana en que heroicamente salvé una tetera y media bandeja de plástico, pero hubiera preferido seguir durmiendo.

Bienvenidos todos, nos vemos.

octubre 22, 2006 at 10:05 pm 12 comentarios

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