EL PERDIDO ARTE DE LOS NOMBRES

noviembre 24, 2013 at 4:32 pm 2 comentarios

En mi ingeniosa teoría del flaitismo y la adolescencia, decía yo que probablemente mucha gente no alcanza a superar esa etapa preadolescente en que nombres como Britney, Brayatan o Justin parezcan una buena idea al momento de bautizar al crío propio. Un amigo me aportó después que muchos de esos padres SON preadolescentes y por tanto, sus referentes culturales provienen del fútbol, el reggeatton y la farándula local y gringa.

En el otro extremo, se da el fenómeno de la necesidad de encajar, de tener un nombre socialmente aceptado y validado por el círculo inmediato y el estrato. Y vamos llenándonos de Marías Ignacias, Isidoras, Matíases y Lucases. ¿Hace cuánto no ven un niño llamado PEDRO, por ejemplo?

Yo, que creo en pocas cosas, sí creo que el nombre ayuda a definirte: en algún momento averiguas su significado o por qué te pusieron así, y eso estimula- o debería – valores y virtudes de la persona.  Elegir el nombre entonces, además de un acto estético (“te puse así, porque me gusta como suena”) es también un acto de fe (“tu abuelo, que fue un gran hombre, se llamaba así”).

Cierto es que los antiguos tenían sus desaciertos, como Prosperina, Fulgencio y Petronila, o quizás es una brecha generacional que no logro salvar, pero también intuían el valor íntimo de un nombre con personalidad y significado, como “El Que Protege” (Raimundo); “Regalo de Dios” (Teodoro) o “La muy amada” (Filomena).

Mi apuesta, en una sociedad donde predomina lo funcional y el sentido práctico, es defender esos pequeños remanentes de comunidad, de conectarnos con nuestra raíz histórica y plasmar en el nombre nuestras expectativas o buenos deseos con el bautizado. Sé que no estoy solo en este recorrido, y saludo a mis amigos y amigas que acunan en sus brazos a un Borja, un Ferrán, un Manuel, una Matilde.

Este posteo está dedicado a ellos, y a mi propia descendencia cuyos posibles nombres no pienso revelar 🙂

PD: Escribiendo este texto, me enteré que Malaquías significa “El Mensajero”. Es curioso cómo el nombre (en este caso, escogido) cobra pleno sentido.

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VUELO CON TURBULENCIAS EL TEDIOSO RITUAL DE COMPRARSE ROPA

2 comentarios Add your own

  • 1. Petronius tribuno de la plebe  |  noviembre 25, 2013 en 2:35 am

    Como le suena Diego Dante? O Manuel Ernesto? Pomposos pero suenan bien?

    Responder
  • 2. Diego Bravo Rayo (@diegobravorayo)  |  noviembre 26, 2013 en 5:38 am

    Me puse a pensar en los nombres que se dan en Brasiu. “Wagner”, “Wellington” y “Jackson”, ¿también son flaitoquinhos?

    Responder

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