Infiltrado en la tribu de las Mujeres

octubre 28, 2011 at 2:45 am Deja un comentario

Quizás para compensarme por una vida escolar en colegios de hombres, la vida ha querido que mi etapa laboral sea siempre abundante en colegas femeninas. En mi último trabajo, por ejemplo, ya es una tradición almorzar con un grupo de cinco o seis compañeras de trabajo, y la experiencia luego de tres años es simplemente alucinante.

¿Han visto esos documentales de gente que se meten a vivir con una manada de gorilas (o gacelas, para no herir sensibilidades), y termina conociendo sus hábitos y costumbres? Bueno, la convivencia diaria con el género que se depila, produce un efecto similar: poco a poco, me fueron aceptando como una más de ellas, cayeron los tapujos y develaron sus secretos.

Así, con el paso de los meses dejamos de conversar temas socialmente neutros como los jefes hijueputas, el clima o las noticias, y poco a poco me fui adentrando en un mundo inesperado, desconocido, y a veces, aterrador.

LOS PELOS

Los primeros temas propiamente femeninos que conocí fueron los rigores de la depilación íntima. Pocos hombres nos imaginamos untarnos miel o cera caliente en esas zonas donde nunca pega el sol, para que luego venga una señora y te arranque el vello a tirones. O pensaba que era una cremita, o una maquinita o algo delicadito y mágico, aunque la mayoría de las veces optaba por no pensar en eso y hacer como que las mujeres tienen siempre la cantidad (y el largo) preciso de pelos.

Pues no, resulta que casi todas las mujeres le declaran, a eso de los 14 años, una guerra a los pelos de piernas, axilas, cejas, mentón, baja espalda, nalgas, pechugas, chochín, etc… Y a medida que el poder adquisitivo crece, también la calidad de las armas que se emplean en esta guerra: ya los tratamientos no son con la Wilkinson en el baño de la casa, sino que acuden a centros especializados en tortura dermatológica.

Fue en estas conversaciones, donde por primera vez entendí que las mujeres tienen que EMPILUCHARSE y tirarse sobre una camilla en posición de “guagua que se muda” para que venga la señora y te depile. Por supuesto, hay veces en que no todo sale bien, o que para ahorrarse unos pesos, las mujeres recurren a lugares donde los resultados no son los esperados. Vienen ahí los ardores, los labios enrojecidos, la caminata graciosa, o los “cortes de pelo” ridículos.

Camaradas varones a los que escribo estas líneas: imagínense sólo por un momento el estar tirado piluchos sobre una camilla, con las piernas en alto, los kiwis expuestos y que venga un tipo y te tironee los pelitos. Les pido este ejercicio para que la próxima vez que la damisela de turno luzca una piel tersa y libre de pelos, se muestren verdaderamente agradecidos.

Continuará…

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LA GULA V/S LA LUJURIA CASI DOS AÑOS

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