BALADA DE MALAQUÍAS Y DE LA MUERTE

septiembre 8, 2006 at 11:08 pm 8 comentarios

Mis encuentros con la muerte, alias la pelá, han sido escasos, pero intensos. La mayoría de las veces fueron riesgos innecesarios producto de una peligrosa combinación de valentía y estupidez infantil, situaciones donde al final la Parca me llamaba y me miraba ganosa, pero yo, habiloso, me hacía el sordo.

No apto para madres, en especial la mía (ustedes saben, por los castigos retroactivos) 

1980, 4 años de edad: Un grupo de niños, todos más grandes que yo, suben a una “casa de Tarzán” dudosa estructura de madera claveteada en un pino a unos 5 metros de altura. En eso, un guailón de unos 14 años considera injusto que yo, sólo por el hecho de medir menos de un metro, me quede abajo de la fiesta. Y me ayuda a trepar hasta lo más alto. 5 minutos más tarde el mismo pastel me pega un involuntario codazo en la cara, que me lanza al vacío y me devuelve en 1 segundo al nivel del mar. Antes de perder la conciencia, rescato las imágenes de lo que son mis primeros recuerdos en esta vida.

1984, 8 años: Los amigos del cerro donde llegamos a vivir me enseñan un divertido juego, consiste en embetunar una tabla lisa con cera de vela, y luego lanzarse por el pavimento aprovechando la pendiente. Vigilar los autos que suben en sentido contrario es una mariconada indigna de valientes. también usar casco o cualquier tipo de protección. En una tirada, escasos milímetros me separan del parachoques de un colectivo, al que sustituyo por un poste de concreto. Salvo ileso, excepto por la dignidad, tras la sarta de puteadas del chofer.

1985, 9 años: Ya maduros, cambiamos las tablas por mi bicicleta, que era en realidad una herencia familiar de 1963, estilo Machuca. Jugábamos a subirnos 12 niños al mismo tiempo y ver quién aguantaba más: si el vegestorio o nosotros. la apuesta la ganó la bicicleta por paliza. Bonustrack, para ser miembro de la pandilla, había que tirarse por “la cuesta de la muerte”, y llegó una niña estilo Lisa Simpson que quería romper la férrea masculinidad del grupo, agarró la bici y se lanzó cuesta abajo. Hoy todavía tiene la cicatriz bajo la pera, y yo aún recuerdo su polera blanca manchada de sangre, y a su mamá desplomándose de la impresión al verla.

Mismo año: Intento explotar mi vocación de escalador libre, y trepo un pared de roca de unos 9 metros, de pronto el tímido peñasco donde me apoyaba se desprende y quedo colgando de una aún más tímida ramita. Los muchachos del lugar, en vez de socorrerme, comienzan a cagarse de la risa. Con mucho esfuerzo consigo vencer a la angustia y a la fuerza de gravedad, para salvar el honor, y de paso, la vida.

1986, 10 años: La prueba de hombría de ese verano consistía en cruzar una especie de puente (ahí sí que eran como 50 metros) pero POR AFUERA DE LA BARANDA. Curiosamente, ese verano conocí la transpiración y los desodorantes, fenómenos y productos que me acompañan copiosamente. También descubrí el enorme placer de lanzarse escaleras abajo montado en una almohada.

1989, 13 años, paseo de curso: En unas posas en Colliguay, encontramos flotando un tronco de unos dos metros de largo y medio metro de diámetro, lleno de raíces y ramas quebradas. El juego consistía en subirse entre todos al mismo tiempo y hundirlo bajo los pies, luego safarse al unísono, para que el tronco saltara del agua (y saltaba de veras, como un metro sobre nuestras cabezas) para caer con todo su peso nuevamente a la superficie. Por cierto, a nadie se le ocurrió pensar que de caerle a alguien encima, se hubiera desnucado. En la misma posa, descubrimos una caverna submarina, que decidí investigar, para saber si tenía dos extremos… (!!!)

1990, 14 años: Ya mayor, había abandonado los riesgos estúpidos, para ocuparme de los realmente estúpidos. Decido inaugurar mi Mountain Bike (un lujo en ese entonces) en un vertiginoso decenso por el cerro, justo para comprobar que no tenía frenos. Tras evitar con cierta destreza dos curvas, la tercera era demasiado cerrada e impacté de lleno en una reja de esas tipo malla de gallinero. Maté a un perro negro que dormía y sencillamente, no me vio venir. Mi brazo izquierdo quedó hecho una masa de tierra y sangre, dislocado bajo mi espalda, pero no perdí la conciencia. Tuve la suerte de chocar justo enfrente de la casa de la niña que, a esa altura de la pubertad, no sabía si me gustaba o no. Tampoco supe si ante sus ojos quedé como un valeroso precursor de Jackass o como un perfecto idiota, aunque no son excluyentes. Las cicatrices son 5 líneas en el bíceps que según yo, se ven de lo más cool, como la zarpa de un puma o algo.

1991, 15 años: Campamento en Linares con los amigotes de la Tropa Liceo, me la pasé casi todo el viaje coqueteándole a la Parca: saltaba de un puente al río, jugaba a lanzar un cuchillo hacia arriba y luego esquivarlo (sí, es cierto) y depuré mi piquero con voltereta olímpica de espaldas.

1993, 17 años, gira de estudios: La hermosa playa La Herradura de La Serena, nos recibe con sus brazos abiertos. La marea nos recoje suavemente a mi y a otros 10 compañeros, que desesperados, no sabíamos cómo volver a tierra firme, hubo algunos sollozos, pero justo cuando perdíamos la calma, una enorme ola nos llevó brutalmente a la orilla.

1994, 18 años: Impulsados por Maguily y su conciencia ecológica, yo y otros 3 mochileros decidimos apagar un incendio provocado por los lugareños de Ancud, para matar una plaga de ratones. A falta de mangueras, bombas, hachas y palas. Cada uno agarró una ridícula ramita para golpear las llamas, que nos rodean con alegre rapidez. Afortunadamente, la solidez de nuestras convicciones ecológicas se hacen humo y los improvisados bomberos huyen en desbandada. A las semanas, decidimos probar nuestra hombría cruzando por encima el Viaducto del Malleco y luego metiéndonos detrás del Salto del Laja.

2000, 24 años: Durante la práctica profesional, me toca por esas cosas del destino promocionar una compañía de deportes extremos saltando en Bungee. El problema es que el día de las grabaciones, la empresa se cambiaba de playa, por lo que habían desarmado el colchón de seguridad. Pero uno que tiene sentido de la responsabilidad laboral, incluso por sobre otras responsabilidades, digamos, más “vitales”, decide hacer igual la nota. Salté dos veces al vacío confiando en un elástico que al verano siguiente, hizo noticia por cortarse a la mitad y fracturarle el hombro a un viñamarino. El sí tenía colchón de seguridad.

2005, 28 años: Para inaugurar mi licencia de conducir, decido sacar a Dimitri, mi tanque ruso (un lada niva rojo escarlata, una mierda de auto pero bien bonito en realidad). En el trayecto de cuatro cuadras atropellé un perro y casi choco de lado con un pequeño Suzuky. Aún recuerdo los ojos de pavor del conductor, que vio a la Pelá más cerca que yo. Al intento siguiente, en Valparaíso, embisto a un curagüilla que cruzó a mitad de cuadra, también salió ileso. A las dos semanas vendí a Dimitri.

Como ven, (si es que no se han aburrido de leer aún) he hecho de todo para evitarle al mundo mi presencia, pero tal parece que el Hado tiene para mí otras intenciones. Este año no me ha pasado nada, pero si pasa (y seguro que pasará) miraré de nuevo a la Huesuda de frente, para decirle sencillamente “¿Cómo has estado, Flaca?”

Nos vemos.

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BALAS DE PINTURA LA VALDERRAMADA

8 comentarios Add your own

  • 1. ximena  |  septiembre 8, 2006 en 11:21 pm

    este es el tipo de escrito tuyo que me hace leerte …me acorde de algunas cosas que pense serian entretenidas ,pero, para descanso de tu publico he asumido que yo NO tengo el don de la escritura asi que solo recibe mis saludos querido valderrama

    Responder
  • 2. 9  |  septiembre 9, 2006 en 12:28 am

    posa?

    claro en colliguay deben ser muy fotogénicas las “pozas”

    Responder
  • 3. Malaquías  |  septiembre 10, 2006 en 3:52 am

    Ximena, no hay problema en hacer algo aunque se haga mal. Sino pregúntale a la gente que me oye cantar de vez en cuando.

    Don Nueve, era una poza chiquita, de ahí la confusión. Por lo demás, estuBO muy feo eso de corregirme en público, especialmente porque yo no lo hice cuando tuBe la oportunidad.

    Saludos.

    Responder
  • 4. nn  |  septiembre 11, 2006 en 5:48 am

    los lada niva no son una “mierda” de auto.
    comentario bastante injusto para tu primer carro.

    Responder
  • 5. 9  |  septiembre 11, 2006 en 9:36 pm

    no me corrigió?
    ah. me confundí. pensé que si y era una venganza…
    pero siempre se puede argüir que la z y la s están muy juntas…

    Responder
  • 6. Marina  |  septiembre 13, 2006 en 3:53 am

    Yo diria que si, definitivamente tuviste varios intentos de morir infructuosos…
    Ahora, a vos te parece ir por ahi matando perros?

    saludos

    Responder
  • 7. 25  |  septiembre 13, 2006 en 4:54 pm

    jajaja q manera de reirme con tus encuentros con la pelá!!!!!!!!!!
    debo sumarme al post de NN, es injusto q trates al niva como una mierda…es un auto tan lindo, a mi me encanta! quizás es un poco duro, eso si…pero de q tiene estilo, tiene estilo!

    saludos

    Responder
  • 8. Malaquías  |  septiembre 13, 2006 en 8:33 pm

    Oye, a los Nivafílicos… yo no dije que TODOS los Lada Niva eran una mierda, sino que ESE en particular me sacó canas. De hecho, es el único auto que me gusta, y fue tal el trauma, que me volví peatón perpetuo sólo por mi enorme decepción. Pero igual reconozco que conservo excelentes recuerdos de Dimitri, especialmente la travesía de traermelo desde Antofagasta como a mil 500 kilómetros al norte.

    En cuanto al perro, Marina, bueh, aparantemente él no tenía un ángel de la guarda tan alerta como el mío.

    Saludos.

    Responder

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