VOCACIÓN DE VOCAL

noviembre 20, 2005 at 10:55 pm Deja un comentario

La primera vez que fui vocal de mesa, deseaba serlo: quería ser parte de todo el proceso democrático, cumplir con mi deber cívico y blablablá. Tengo buenos recuerdos de ese día, partiendo por las felicitaciones públicas por ser el primer vocal en llegar al local de votación, a las seis de la mañana. Por supuesto, ellos no podían adivinar el feroz carrete perpetrado en la casa de un amigo, pese a las notables ojeras, el aliento acusador y el hachazo incipiente.

El día transcurrió tranquilo, alterado sólo por un fotógrafo que creímos de algún diario y por el guatón prepotente que llegó alegando y nos amenazó con lo indecible si le manchábamos un dedo. El tipo era tan grande como mal genio, así que más encima mis casuales colegas y yo nos tuvimos que tragar en silencio la sarta de chuchadas. ¿Qué culpa tiene el tomate, digo yo?

Pese al incidente, me pasaron cosas choras siendo vocal en Valparaíso. se alternan los marinos de pelo raso con los chascones universitarios, matizado con un par de travestis que vota en mi mesa y que se notan complicados con el hecho de revelar su identidad de nacimiento.

Algunos nos miraban como si el voto obligatorio hubiera sido idea nuestra. Otros nos agradecían el involuntario favor de estar ahí sentados, e incluso algunos apoderados (esos ciudadanos con una profundo gusto por la trifulca política) nos llevaron colaciones, las que se sumaron al arsenal de galletas, bebidas, chocolates, sanguchitos y yogures que cada mamá, esposa, polola o abuela le entregó a cada uno en la mañana.

Los más viejos de mi mesa se habían aperado además con revistas, puzzles y esos juegos tipos tetrix que estaban de moda por esos días, artículos vitales para matar las largas horas de la mañana, donde casi nadie se atreve a entrar a los locales, por miedo a quedar como vocal suplente. Algunos se asoman tímidos desde la puerta, y sólo entran cuando están seguros de que podrán salir.

Por culpa de esa misma reticencia es que después se arman las colas y al final, cuando uno lo único que quiere es largarse, llegan jadeando los atrasados. Recuerdo que un pastel llegó en pleno recuento y quería dar su voto a viva voz. El tipo hinchó y molestó hasta que vio entrar a dos simpáticos oficiales de la Policía Militar, que lo invitaron a salir con destino desconocido.

Al final, y pese al esfuerzo de los apoderados, que defendían a grito pelado y con abundantes chilenismos cada voto, logramos terminar el recuento y cerrar la mesa. Cuando ya nos íbamos, entró de nuevo el fotógrafo con nuestra imagen inmortalizada y un letrerito que decía “Recuerdo Elecciones 1999”, como si todo el embole se tratara de un bautizo o una licenciatura. Al mismo tiempo, una radio a transistores nos informó que, en base a los primeros escrutinios, habría segunda vuelta, y los vocales de mesa se repetían el plato en enero. Oh, qué felicidad…

Pero igual me compré la foto, que todavía tengo por ahí.

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